miércoles, 17 de julio de 2013

Vanesa 1

Siempre me dió mucho miedo conducir. Siempre pensé que sería incapaz. Hasta que un día, después de que toda mi vida se desmoronase por completo, me decidí a aprender.

Al principio, todo era miedo y apenas era capaz de dar un par de vueltas a mi manzana. Pero poco a poco, ese vehículo que salió de la irrupción de la valentía en el momento más negro de mi vida, fue convirtiéndose en un signo de libertad para mí.

Me encantaba viajar sola  por carreteras desiertas, parar y oler el silencio, ese silencio que solo encuentras dentro de ti.

Siempre he sido muy tímida y aunque me moría por conocer a gente nueva, no era capaz de coger a ningún autoestopista por la carretera. Siempre que veía uno pensaba mil cosas y nunca los dejé entrar en mi pequeña parcela de libertad.

Aquel día me levanté y hacía demasiada calor. Mi casa cada vez era más una carcel y no tenía ganas de ser una prisionera más. Ese día necesitaba alas y volver a ser un animal. Así que me fui con Paqui (así es como llamo cariñosamente a mi coche) a recorrer el mundo. Bueno, a recorrer Andalucía, el mundo es demasiado grande para albergar mi pequeña libertad, en el mundo mi libertad se perdería.

Llevaba varias horas condunciendo, viendo paisajes totalmente quemados por la luz del sol. Todo olía a sangre y fuego. Ese día me estaba sitiendo más libre que nunca... El cinturón no apretaba mi sobrepasada carne y a mi me daba igual ir conduciendo con poca ropa. El sudor bañaba todos los pliegues de mi piel y me hacía sentir limpia, fresca, como si mi sudor fuera el agua de un manantial. Me sentía la mujer más bella y más libre del mundo.

Pasé por una carretera perdida de la mano de dios, de esas que a mi me gustan, de esas en las que parece que eres tú la primera persona que ha pisado su asfalto. Fui aminorando la velocidad. Estaba absorta y cegada por la belleza de un paisaje sórdido y solitario. Un paisaje con nada. La nada que yo tanto añoro y busco viaje tras viaje. Fui aminorando hasta quedar totalmente parada en mitad de esa carretera.

-¡Gracias! Pensé que nunca vendría nadie por aqui.-dijo una voz por la ventanilla del copiloto.

Di un respingo, no me esperaba la voz de nadie en esa intensa soledad. Rompió todos mis esquemas y hasta podría decir que me molestó un poco. Seguí con mi silencio durante unos segundos más y mire hacía donde venía la voz. Y vi a la mujer más maravillosa que había visto antes. Desprendía frescura, belleza, voluptuosidad...

-Entra siéntate.- Dije sin apenas pensar. Nunca había hecho eso y ahora... de pronto... lo estaba haciendo.

-Gracias.

Ni siquiera pregunté dónde iba, porque su aura me hizo sentir que viajaba a ninguna parte, como yo. Mientras conducía y estabamos en silencio yo la observaba de reojo. Sus curvas eran escandalosas. Me encantaba su pelo tan largo y liso, era sencillo. Sus prominente pecho daba paso a un vientre aterciopelado que daban ganas de acariciar. Tenía todo en su sitio pero cada sitio significaba algo diferente. No era la típica "tía buena", creo que ella ni siquiera era consciente de eso. Era una persona a la que no podías parar de mirar.

Se notaba que llevaba varias horas al sol pues su piel estaba algo quemada y rezumaba calor, pero no olía mal, al contrario, traía un olor a tierra e hibisco con algo de sándalo... era único su olor, envolvía aún más su figura casi mágica.

-No te he preguntado dónde vas, lo siento.
-Eso es lo de menos, solo busco alejarme un poco. Solo busco el silencio...

Aquellas palabras fueron el indicio de que aquel día no me levanté por nada, de que aquel día no me escapé. Aquellas palabras fueron la señal de que ese día tenía que encontrarla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nube tóxica