Siempre me dió mucho miedo conducir. Siempre pensé que sería incapaz.
Hasta que un día, después de que toda mi vida se desmoronase por
completo, me decidí a aprender.
Al principio, todo era
miedo y apenas era capaz de dar un par de vueltas a mi manzana. Pero
poco a poco, ese vehículo que salió de la irrupción de la valentía en el
momento más negro de mi vida, fue convirtiéndose en un signo de
libertad para mí.
Me encantaba viajar sola por carreteras desiertas, parar y oler el silencio, ese silencio que solo encuentras dentro de ti.
Siempre
he sido muy tímida y aunque me moría por conocer a gente nueva, no era
capaz de coger a ningún autoestopista por la carretera. Siempre que veía
uno pensaba mil cosas y nunca los dejé entrar en mi pequeña parcela de
libertad.
Aquel día me levanté y hacía demasiada calor.
Mi casa cada vez era más una carcel y no tenía ganas de ser una
prisionera más. Ese día necesitaba alas y volver a ser un animal. Así
que me fui con Paqui (así es como llamo cariñosamente a mi coche) a
recorrer el mundo. Bueno, a recorrer Andalucía, el mundo es demasiado
grande para albergar mi pequeña libertad, en el mundo mi libertad se
perdería.
Llevaba varias horas condunciendo, viendo
paisajes totalmente quemados por la luz del sol. Todo olía a sangre y
fuego. Ese día me estaba sitiendo más libre que nunca... El cinturón no
apretaba mi sobrepasada carne y a mi me daba igual ir conduciendo con
poca ropa. El sudor bañaba todos los pliegues de mi piel y me hacía
sentir limpia, fresca, como si mi sudor fuera el agua de un manantial.
Me sentía la mujer más bella y más libre del mundo.
Pasé
por una carretera perdida de la mano de dios, de esas que a mi me
gustan, de esas en las que parece que eres tú la primera persona que ha
pisado su asfalto. Fui aminorando la velocidad. Estaba absorta y cegada
por la belleza de un paisaje sórdido y solitario. Un paisaje con nada.
La nada que yo tanto añoro y busco viaje tras viaje. Fui aminorando
hasta quedar totalmente parada en mitad de esa carretera.
-¡Gracias! Pensé que nunca vendría nadie por aqui.-dijo una voz por la ventanilla del copiloto.
Di
un respingo, no me esperaba la voz de nadie en esa intensa soledad.
Rompió todos mis esquemas y hasta podría decir que me molestó un poco.
Seguí con mi silencio durante unos segundos más y mire hacía donde venía
la voz. Y vi a la mujer más maravillosa que había visto antes.
Desprendía frescura, belleza, voluptuosidad...
-Entra siéntate.- Dije sin apenas pensar. Nunca había hecho eso y ahora... de pronto... lo estaba haciendo.
-Gracias.
Ni
siquiera pregunté dónde iba, porque su aura me hizo sentir que viajaba a
ninguna parte, como yo. Mientras conducía y estabamos en silencio yo la
observaba de reojo. Sus curvas eran escandalosas. Me encantaba su pelo
tan largo y liso, era sencillo. Sus prominente pecho daba paso a un
vientre aterciopelado que daban ganas de acariciar. Tenía todo en su
sitio pero cada sitio significaba algo diferente. No era la típica "tía
buena", creo que ella ni siquiera era consciente de eso. Era una persona
a la que no podías parar de mirar.
Se notaba que
llevaba varias horas al sol pues su piel estaba algo quemada y rezumaba
calor, pero no olía mal, al contrario, traía un olor a tierra e hibisco
con algo de sándalo... era único su olor, envolvía aún más su figura
casi mágica.
-No te he preguntado dónde vas, lo siento.
-Eso es lo de menos, solo busco alejarme un poco. Solo busco el silencio...
Aquellas
palabras fueron el indicio de que aquel día no me levanté por nada, de
que aquel día no me escapé. Aquellas palabras fueron la señal de que ese
día tenía que encontrarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nube tóxica