
Nunca entendió nada, nunca supo nada, nunca conoció a nadie realmente, nunca estuvo acompañada, nunca fue querida, nunca fue dañada, nunca fue sonreída.
Sólo sabía reconocer el sabor de las lágrimas dormidas en un rostro lleno de pesar. Sólo sabía caminar ausente entre la gente, sólo sabía mirar sin ser mirada, sólo sabía imaginar mientras que ella nunca fue imaginada.
Nunca fue el deseo de nadie y nunca se sintió deseada. Siempre sintió el deseo por otros que nunca responderían a su eterno deseo.
Siempre supo a que sabían las lágrimas porque ella no paraba de probarlas cada noche, acostada, ausente, en su cama llena de dolor, dolor del alma, voces que crujían dentro de su espalda y necesitaban salir por su boca.
Su boca...
... sangrada de un dolor transparente que nadie sabia bien que podía ser, porque a nadie le importaba.

Siempre quiso que sus imagenes se hicieran realidad, pero siempre vivió en su alcoba negra, dolorida, pensante, llena de miradas nunca vistas. Miraba, veía, pero jamás supo a que sabía una sonrisa.
Nunca probó un beso sincero en sus labios, nunca supo cual era el verdadero sabor que te llena de vida por dentro, el sabor de caramelo de una sonrisa sincera que te llena el alma de ese dulzor que nunca olvidas.
Sabía que su imaginación caminaba más rápido que ella, que su imaginación vivía mientras ella sólo reposaba en una habitación llena de dolor que no quería, sólo vivía algo que no necesitaba, sólo creía en algo que nunca vería, sólo sentía el no sentir.
No era nadie, no era más que el polvo de dónde venimos. No era una persona, sólo era una
palabra no escrita, no dicha, no sentida, no pensada, no amada, no recordada, no olvidada porque nunca existió.
Decidió no vivir más, o mejor, no pensar más, no ser más sin ser y así ser alguien, ser algo, ser un recuerdo de nadie, pasar al olvido como tantas
palabras olvidamos al cabo del día, al cabo de toda una vida.
Sólo ser una palabra más, una palabra olvidada que nadie más volverá a recordar.
