sábado, 10 de mayo de 2014

Borré

Lo cuento porque necesito contarlo de alguna manera.

Tuve una pareja.
Solo una pareja.
26 años y solo he conseguido que una persona me quiera.
Le destrocé.
Le destrocé el alma en dos y la vida también.
Me arrepiento.
Me arrepiento.
Me arrepiento.
Me arrepiento cada día desde hace dos años.

Lo olvido.
De pronto parece que mi vida se encamina.
Lo recuerdo.
Pero lo vuelvo a olvidar.
Es solo un fantasma del pasado.
Lo olvido.
Lo olvido.
Lo olvido.
Me olvido de todos los hombres del planeta.
Ellos se olvidan de mí.
No existo.
No existo.
No existo.
Dejo de existir.
Dejo de respirar.
No respiro.
No soy nadie.
He muerto.
Pero sigo viva.
En un plano meramente físico.
Pero viva.
Pero sigo viva.
Aunque muerta.
Sigo viva.
Entonces alguien llega.
Alguien sin querer.
Alguien que ni quiera llegar ni lo sabe.
Y tiene su carisma.
Y tiene su arte.
Y tiene sus ojos.
Y tiene...
Tiene
Tiene
Tiene
Y desde entonces.
Cada día lo recuerdo más.
Y más.
Y más
Y más.
Hasta que ya no hay en mi vida.
En mi vida muerta.
Más que su imagen.
Pero ninguno está.
Ni el que recuerda ni el recordado.
O sea.
Sola.
Sola.
Sola.
Da igual que una persona te atraiga cuando estás muerta.
Da igual que alguien te guste cuando estás muerta.
Da igual que te enamores si estás muerta.

Los muertos dan asco, por eso nadie los quiere besar.
Están inchados.
Son mal olientes.
Nadie los quiere besar.
No existen.
Solo dan asco.
Nadie los quiere besar.
Y ellos están solos el resto de la eternidad.
Porque dan asco.
Y nadie los quiere besar.
A los muertos nadie los quiere besar.
Nadie los ama ya.
Los muertos se queda solos el resto de su vida.

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